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Luis Miguel Campos

Nació en Guantánamo, un año después de la revolución cubana, pero vive en Quito desde que tenía nueve meses. Hijo de padre cubano y madre quiteña, ambos escritores, tuvo la fortuna de crecer en una biblioteca que llegó a sobrepasar los cincuenta mil volúmenes. Su carrera de escritor comenzó a temprana edad y con estricta disciplina, bajo el lema de “a escribir se aprende leyendo, escribiendo y viviendo”.
Tiene una considerable producción en todos los géneros literarios, pero su destaca su significativo aporte al teatro ecuatoriano, con obras de su autoría que han sido éxitos de taquilla y han sobrepasada las cien funciones. Una de ellas, “La Marujita se ha muerto con leucemia” marcó un hito en el teatro nacional al sobrepasar las mil seiscientas cincuenta funciones, convirtiéndose en la obra más vista y más veces representada del teatro ecuatoriano.
De su cuantiosa producción literaria la mayoría permanece inédita por la inexistencia de editoriales nacionales, e incluso de su producción dramática, la mayor parte no ha sido estrenada, ya que se tratan de grandes espectáculos que le quedan grandes a un país sin política cultural.
El autor hace votos para que su obra que no fue conocida en vida, sea conocida por lo menos post mortem.

 

Una noche desperté con el susurro de Dios.
-Toma al más hermoso de tus hijos –me dijo- y llévalo al monte.
Pero yo no tenía hijos de carne y hueso sino solo libros inéditos. Así que los puse uno junto al otro y los estuve observando un largo rato para saber cuál era el más hermoso. Me decidí por uno refundido en el olvido, al que había dedicado tres años enteros de trabajo. Con su tinta se habían pintado los caminos que bajaban al infierno y también los que subían al cielo. A ambas partes fui, y conocí a Dios, y al demonio, y a tantas otras divinidades.
Me llegué al monte, manuscrito en mano, y entonces el susurro de Dios volvió a sonar:
-Préndele fuego.
Y fui Abraham yendo a sacrificar a su hijo. Sin embargo la mano de Dios no detuvo mi antorcha y el manuscrito sobre la vida de los dioses se consumió en el fuego.
Yo pensé que así Dios lo quería, porque era un libro que revelaba secretos incontables sobre el origen de los dioses, y más que ello, sus puntos débiles, pero años después comprendí que las historias de la Biblia no son más que arquetipos que se repiten a lo largo de la vida y de los que hay algo que aprender. En mi caso particular, la incineración de “Teogonía” fue un acto de fe que degeneró en locura. Como todos los dogmas.

 


 
 

 
     
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