Está allí, lo sé;
pero, ¿qué está
haciendo?
Si ni siquiera se mueve. ¿Estás
allí?
¿Por qué demonios contienes
el aliento?
No estás temblando, ¿verdad?
¿Qué dices?
¿Por qué me urges de
ese modo?
¡Ah, ya! Tomas aliento.
¿Por qué retrocedes?
¿Vuelves la cabeza en mi dirección?
¿Puedes verme?
¿eres tú, en efecto?
Despacio, despacio…
No ahueques los labios, por favor.
Me pones nervioso. ¡Basta!
¿Por qué muerdes tu propio
labio inferior?
En cualquier momento tu boca se abre,
y luego … apretar, desgarrar
su humedad.
¿Quién dibujará,
entonces, esos inútiles círculos
en mi pesada espalda?
Alguien viene, ¿oyes?
¿Qué le pasa?
¿Por qué no sostiene
la punta de su hebra?