Máscara
1
Hay soledades. Están allí
como el horizonte, las sombras, los acantilados reacios
a volverse mar. Hay soledad como hay laguna, tierra, desierto.
Camino por ella como andar en el bosque, pasear en la playa,
perderme en la ciudad. ¡Ay soledad! Me duele como
la rama que golpea el rostro, como la herida que no deja
de sangrar, como el espino incrustado en la córnea.
La soledad huele a albahaca, sabe a cedrón y menta.
Es la noticia de tu distancia, son tus manos retirándose
de mi cuerpo, tu voz que se apaga mientras te alejas, la
puerta detrás de la que desapareces. Es un brote
de malayerba en medio del trigo limpio, una mancha en el
sol, un brochazo de pintura que cubre el universo de ocre,
un aire a mar salado, a territorio inhóspito. Es
el principio de inmovilidad de las cosas, el lugar en donde
lo conocido se vuelve extraño, la imaginación
que no cesa de preguntar: ¿qué será
de ti? Y la voz interior que no tarde en responder: ¿qué
será de mí? Se levanta en la tarde una brisa
ligera, regresan las hormigas a sus agujeros, te desnudas
sin que nadie te mire, se desliza tu cuerpo en la noche
y tus ojos en el llanto. No sabes por qué lloras.
Me prometí no hablar de ti y mis palabras se tropiezan
para nombrarte. Yo, en cambio, no tengo nombre. Soy una
máscara. Debajo de ella no se oculta un rostro. Máscara
de máscara. Mañana es otro día y el
mismo. He bebido sin que colmaras mi sed. Camino con la
cabeza inclinada, no reconozco a nadie. Permítanme
sentarme. Dejaré mi máscara a un lado, por
un momento.